Jackson Cionek
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¿Puedo sentir tu exclusión? Cuando dos cuerpos participan del mismo acontecimiento

¿Puedo sentir tu exclusión? Cuando dos cuerpos participan del mismo acontecimiento

Un bebé de seis meses está sentado en el regazo de su cuidador. Frente a ellos, dos personas juegan con una pelota. En determinado momento, la pelota llega hasta la díada. Hay intercambio, participación, expectativa. Después, algo cambia: las dos personas continúan jugando, pero dejan de enviar la pelota al bebé y a su cuidador.

Para un adulto, podríamos llamar a esto exclusión social. Pero ¿qué significa este acontecimiento para un organismo que todavía no dispone de las palabras “inclusión”, “rechazo” u “ostracismo”?

Y existe una pregunta todavía más interesante: cuando esta experiencia ocurre en presencia de un cuidador, ¿ocurre solamente en el bebé?

Fue en este territorio difícil donde Niloofar Goharbakhsh y Louisa Kulke construyeron una investigación particularmente elegante. Publicado en 2026 en Developmental Science, el estudio Can You Feel My Pain? Neural-Behavioural Changes in Caregiver–Infant Dyads During Ostracism investigó simultáneamente las respuestas neurales y conductuales de bebés y cuidadores durante una experiencia de inclusión y exclusión social.

Más que los resultados encontrados, merece atención la pregunta elegida por las autoras.

Una pregunta que exige dos cuerpos

Gran parte de la neurociencia experimental se ha construido colocando a un individuo frente a un estímulo y preguntando qué ocurre en su cerebro.

El trabajo de Goharbakhsh y Kulke parte de otro lugar.

Si un bebé atraviesa una situación social potencialmente adversa mientras se encuentra con su cuidador, quizá no sea suficiente registrar únicamente lo que sucede en el bebé. El cuidador observa, reacciona, regula su propio comportamiento, mira al niño y puede participar de la manera en que ese acontecimiento será atravesado.

Las investigadoras utilizaron EEG hyperscanning, una técnica que permite registrar simultáneamente la actividad electroencefalográfica de dos personas. El estudio fue prerregistrado, incluyendo hipótesis, métodos y análisis, una decisión metodológica importante para aumentar la transparencia entre aquello que fue previsto antes de la recolección y aquello que posteriormente emergió de los datos.

Participaron inicialmente 45 bebés sanos, de aproximadamente cinco a ocho meses, acompañados por sus cuidadores. Después de las exclusiones determinadas por los criterios experimentales y por la calidad de los registros, 41 díadas participaron en los análisis conductuales y afectivos, 34 bebés permanecieron en el análisis de potencia theta y 34 díadas en los análisis de sincronización intercerebral.

Elegir niños tan pequeños vuelve la pregunta todavía más interesante: estamos observando un período anterior al desarrollo de muchas de las capacidades sociocognitivas más elaboradas que posteriormente utilizamos para interpretar conscientemente un rechazo.

La elegancia está en el diseño experimental

Bebé y cuidador participaron juntos en un juego de pelota con dos experimentadores.

Primero ocurrió la inclusión: todos tenían oportunidades de participar.

Después llegó la exclusión: los dos experimentadores comenzaron a jugar la pelota únicamente entre ellos, ignorando a la díada.

Finalmente ocurrió una reinclusión, cuando bebé y cuidador volvieron a participar.

Pero existe un detalle metodológico particularmente inteligente.

Las autoras no compararon simplemente “recibir la pelota” con “ser excluido”. Durante la propia fase de inclusión existían momentos en los que los experimentadores se pasaban la pelota entre sí: situaciones en las que simplemente no era el turno de la díada. Estos eventos tenían características perceptivas semejantes a la exclusión y no exigían movimientos del bebé o del cuidador.

De este modo, fue posible comparar:

“No es mi turno” frente a “Estoy siendo excluido”.

La pelota continúa pasando entre las mismas personas.

Visualmente, gran parte de la escena permanece semejante.

Lo que cambió fue la relación de aquella díada con el acontecimiento.

Esta sutileza merece ser destacada. Un buen experimento no depende solamente de equipos sofisticados. Depende de la capacidad de construir una situación en la que una diferencia conceptualmente importante pueda volverse experimentalmente interrogable.

El bebé detecta una diferencia

En los bebés, la potencia theta fue significativamente mayor durante los eventos de exclusión que durante los eventos equivalentes de “no es mi turno”. El efecto fue observado en la muestra de 34 niños utilizada en ese análisis. En los cuidadores, sin embargo, esa diferencia en theta no apareció.

Desde el punto de vista conductual, bebés y cuidadores también respondieron a la situación. Los bebés presentaron mayor emocionalidad negativa durante la exclusión, junto con indicios de un aumento de conductas de búsqueda de atención. Las autoras interpretan el conjunto de resultados como evidencia de que niños muy pequeños ya presentan sensibilidad a señales de ostracismo.

Esto dialoga con una literatura reciente que viene desplazando progresivamente hacia etapas más tempranas nuestra comprensión de la sensibilidad infantil a la exclusión. Estudios anteriores ya habían mostrado respuestas conductuales al ostracismo en bebés, mientras que investigaciones posteriores exploraron modificaciones en el procesamiento neural después de experiencias de exclusión.

Pero Goharbakhsh y Kulke añaden algo fundamental: bebé y cuidador estaban siendo medidos juntos mientras el acontecimiento ocurría.

Y entonces apareció quizá el resultado más interesante: no quedaron simplemente “más sincronizados”

Una expectativa aparentemente intuitiva sería imaginar que una experiencia emocional compartida aumentaría la sincronización entre ambos cerebros.

Esta hipótesis no fue confirmada.

La sincronización intercerebral medida mediante phase-locking value no fue globalmente mayor durante la exclusión, ni superó de forma generalizada las condiciones de control o las díadas formadas artificialmente mediante permutación de participantes.

Ese resultado vuelve el trabajo todavía más interesante.

Porque evita una simplificación que aparece con frecuencia cuando hablamos de hyperscanning:

más sincronización = mejor relación.

Los datos no sostienen una ecuación tan simple.

Estudios recientes ya muestran que las relaciones cuidador–niño y la sincronización cerebral dependen de características específicas de la interacción, del contexto, del vínculo y del momento. Investigaciones naturalistas con hyperscanning también han mostrado que señales conductuales compartidas no tienen necesariamente que producir un aumento de la sincronización intercerebral.

Goharbakhsh y Kulke proponen, por lo tanto, algo más interesante: la interacción puede depender de una modulación flexible entre estados de mayor y menor sincronización.

Esto cambia la pregunta.

Tal vez dos organismos bien regulados no necesiten hacer exactamente lo mismo al mismo tiempo.

En determinados momentos, precisamente para ayudar al bebé a atravesar un estado, el cuidador puede necesitar no reproducir completamente ese mismo estado.

Regular no significa copiar

Imaginemos a un bebé que se vuelve progresivamente incómodo.

Si el cuidador simplemente reprodujera cada modificación emocional del niño, la relación podría funcionar como un amplificador. La regulación puede exigir otra configuración: percibir el estado del otro sin necesariamente asumir exactamente la misma dinámica.

Las propias autoras plantean la posibilidad de que los cuidadores estén modulando sus estados para contribuir a la regulación emocional del bebé. Esto podría ayudar a explicar por qué aparecieron alineamientos conductuales sin un aumento general equivalente de la sincronización neural.

Es precisamente aquí donde el estudio comienza a dialogar con nosotros.

No porque demuestre la Conciencia 5D o el concepto de Cuerpo-Territorio. No fue construido para probar ninguno de ellos.

Pero porque sus resultados vuelven insuficiente una lectura extremadamente simple en la que cada cerebro es interpretado de forma aislada y la relación aparece después como una variable adicional.

Cuerpo-Territorio: el acontecimiento no termina en la piel

En nuestra propuesta de Cuerpo-Territorio, el organismo no existe primero como una unidad cerrada para solamente después recibir información procedente de un ambiente externo.

Existe continuamente en relación.

Luz, temperatura, sonidos, otras personas, historia, lenguaje, metabolismo, posición corporal, señales interoceptivas y propioceptivas participan de la configuración material desde la cual ese organismo puede percibirse como Ser.

En este sentido, el juego de pelota ofrece una pequeña pero poderosa imagen experimental.

La pelota no cambió.

Los experimentadores continúan allí.

El bebé permanece en el regazo.

El EEG continúa registrando.

Pero apareció una diferencia relacional:

antes, la pelota también podía venir hacia nosotros; ahora circula sin nosotros.

Esa diferencia comienza a participar de la configuración del Cuerpo-Territorio.

Y aquí es importante preservar una distinción de la Conciencia 5D: no necesitamos afirmar que la atención “creó” la exclusión o hizo que ese estímulo comenzara a existir. El acontecimiento puede estar siendo materialmente procesado y participando de la configuración de aquel organismo antes de cualquier posibilidad de elaboración conceptual o relato consciente.

El bebé no necesita formular:

“Me están excluyendo”.

El Cuerpo ya puede detectar que algo en la regularidad de la relación cambió.

Tal vez esta sea una de las enseñanzas más bellas del trabajo.

Quizá la sincronización no sea un lugar, sino un movimiento

Cuando pensamos en dos cerebros sincronizados, fácilmente somos atraídos por la imagen de dos máquinas entrando en la misma frecuencia.

Pero los organismos no son metrónomos.

La interacción cuidador–bebé es movimiento: aproximarse, alejarse, anticipar, responder, estabilizar, sorprender, regular y permitir nuevamente el cambio.

Las investigaciones recientes sobre interacción progenitor–hijo utilizando EEG y fNIRS han avanzado precisamente hacia situaciones más naturalistas, en las que la sincronización deja de ser entendida como una propiedad permanente de la díada y pasa a ser analizada en relación con los acontecimientos que atraviesan la interacción.

Esto se aproxima a algo central en nuestra concepción de Conciencia 5D:

Ser no necesita significar permanecer en el mismo estado.

Hay suficiente estabilidad para reconocer una continuidad y suficiente movimiento para que pueda emerger una nueva configuración.

Tal vez una buena relación cuidador–bebé posea precisamente esta cualidad: no estar siempre sincronizada, sino ser capaz de cambiar de configuración cuando el acontecimiento lo exige.

El mérito también está en lo que no apareció

Hay ciencia cuando una hipótesis es confirmada.

Pero existe ciencia igualmente importante cuando un diseño experimental suficientemente cuidadoso permite descubrir que nuestra hipótesis era demasiado simple.

Goharbakhsh y Kulke podrían haber encontrado “más sincronización durante la exclusión” y producido una narrativa sencilla.

Encontraron algo más valioso.

El bebé presentó una respuesta neural diferenciada.

Bebé y cuidador respondieron conductualmente.

Pero los dos cerebros no aumentaron simplemente su sincronización.

La relación parece más dinámica.

Este resultado evita que transformemos el hyperscanning en una nueva frenología relacional en la que buscamos un número y declaramos: “aquí está la conexión entre dos personas”.

Por el contrario, nos obliga a continuar preguntando.

Y quizá este sea el mayor elogio posible a las autoras: construyeron un experimento en el que la respuesta encontrada amplía la pregunta original.

Si un bebé todavía sin lenguaje puede detectar una modificación en la relación social; si su cuidador participa conductualmente de ese acontecimiento sin simplemente reproducir la misma dinámica neural; y si la sincronización puede aumentar o disminuir según las exigencias del contexto, entonces quizá la pregunta más interesante deje de ser:

“¿Dos cerebros están sincronizados?”

y pase a ser:

¿Qué configuración permite que dos Cuerpos-Territorios atraviesen juntos un acontecimiento sin necesitar convertirse en iguales?

Tal vez sentir al otro no sea copiar al otro.

Tal vez cuidar sea precisamente conseguir permanecer en relación mientras se produce la diferencia necesaria para que un nuevo estado pueda surgir.

Referencias

Goharbakhsh, N., & Kulke, L. (2026). Can You Feel My Pain? Neural-Behavioural Changes in Caregiver–Infant Dyads During Ostracism. Developmental Science, 29(5), e70269. https://doi.org/10.1111/desc.70269

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Jackson Cionek

New perspectives in translational control: from neurodegenerative diseases to glioblastoma | Brain States