Jackson Cionek
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Mujeres en la Neurociencia Decolonial

Mujeres en la Neurociencia Decolonial

Machismo estructural cristiano, cuerpo, poder y el borramiento del espacio de la mujer

Mujeres en la Neurociencia Decolonial
Mujeres en la Neurociencia Decolonial

En el Día Internacional de la Mujer, muchos mensajes siguen un guion previsible: reconocimiento, agradecimiento, homenajes. Estos gestos pueden ser valiosos, pero rara vez enfrentan el problema estructural.

La pregunta central no es si las mujeres merecen reconocimiento.

La pregunta más profunda es cómo ciertas sociedades aprendieron a restringir el espacio de las mujeres y presentar esa restricción como si fuera natural, moral o incluso divina.

Durante siglos, el Occidente cristianizado difundió una narrativa poderosa: la idea de que la mujer nació para obedecer, servir, retroceder y ocupar menos espacio. En ese relato, el hombre habla, lidera, interpreta a Dios, decide sobre la guerra y gobierna el orden social. A la mujer le correspondería cuidar, soportar y callar.

La Neurociencia Decolonial comienza desde otro punto.

Antes de cualquier guion cultural de “hombre” o “mujer”, existe vida.
Existe el cuerpo.
Existe interocepción.
Existe propiocepción.
Existe regulación autonómica.
Existe la experiencia básica de habitar un territorio y moverse dentro de él.

Antes de ser capturados por narrativas rígidas de género, los seres humanos son organismos vivos que se regulan en relación con su ambiente.

El problema comienza cuando las diferencias vivas se transforman en jerarquías fijas. Cuando las identidades dejan de ser experiencias y pasan a convertirse en guiones obligatorios de comportamiento.

Ahí es donde el machismo estructural adquiere su fuerza.


El machismo como tecnología de restricción del cuerpo

El machismo estructural no es solo una opinión o un prejuicio individual. Funciona como una tecnología cultural que organiza los cuerpos.

Organiza quién habla.
Organiza quién se mueve.
Organiza quién ocupa espacio.
Organiza quién decide.

Enseña a los hombres a performar dureza, superioridad y control.
Enseña a las mujeres a performar contención, vigilancia sobre sí mismas, culpa y retirada.

Estos procesos no son solamente simbólicos. Reorganizan la manera en que los cuerpos regulan amenaza, pertenencia y seguridad.

La neurociencia contemporánea ya muestra que la desigualdad social y la violencia estructural afectan las trayectorias de salud cerebral. Un análisis reciente liderado por la neurocientífica argentina Sandra Baez demuestra que la desigualdad de género impacta la salud cerebral a través del exposoma, el acceso a cuidados de salud y los comportamientos asociados al bienestar en el Sur Global. En otras palabras, la opresión también entra en el cerebro como ambiente (Baez et al., 2024).

Esto cambia completamente el enfoque del debate.

El cuerpo no es un detalle de la política.
El cuerpo es el primer territorio donde la política se inscribe.

Cuando una niña crece aprendiendo a hablar menos, ocupar menos espacio y vigilar constantemente su comportamiento, no solo está recibiendo cultura. Sus patrones de atención, regulación emocional y respuestas defensivas están siendo moldeados.

Cuando un niño aprende que la masculinidad significa dominio y control, también está siendo moldeado: entrenado para ocupar espacio a costa del otro y, muchas veces, atrapado en el papel rígido del dominador.

El machismo se convierte así en algo más que una injusticia moral.
Se convierte en un sistema de regulación corporal y social.


Cuando la moral religiosa se transforma en política sobre los cuerpos

El machismo estructural cristiano no puede entenderse solo como una creencia individual. Se vuelve particularmente poderoso cuando se transforma en agenda política e institucional.

Estudios recientes sobre religión y política en Brasil muestran cómo movimientos cristianos conservadores han movilizado agendas anti-género y pro-familia para influir en legislación, políticas públicas y debates educativos. Estos movimientos presentan valores morales específicos como si fueran principios universales y democráticos (Carranza & Vital, 2024).

Los efectos no son solamente discursivos.

Cuando ciertas narrativas morales se convierten en políticas públicas, la protección institucional de las mujeres puede disminuir. Un estudio sobre municipios brasileños encontró que electorados más conservadores adoptan menos políticas de enfrentamiento a la violencia contra las mujeres (Araújo, 2022).

Esto revela una dinámica importante:

las ideologías sobre género no permanecen solo en el discurso simbólico; reorganizan sistemas reales de protección y vulnerabilidad.


Lo que muestra la ciencia latinoamericana sobre la violencia contra las mujeres

Investigaciones recientes en Brasil muestran un escenario preocupante.

Un estudio nacional estimó que aproximadamente una de cada cinco mujeres reportó haber sufrido algún tipo de violencia en el último año. La violencia psicológica fue la forma más común, el agresor principal fue la pareja íntima y la mayoría de los episodios ocurrió dentro del hogar (Vasconcelos et al., 2025).

Otros estudios muestran que la violencia de género aumenta donde se cruzan vulnerabilidad territorial, desigualdad racial y precariedad laboral. Investigaciones realizadas en favelas brasileñas durante la pandemia evidenciaron fuertes asociaciones entre violencia de pareja, sufrimiento psíquico y condiciones estructurales como trabajo informal, inseguridad urbana y sobrecarga doméstica (Campos et al., 2025).

Estos resultados refuerzan una conclusión fundamental:

la violencia de género no es un evento aislado; es un fenómeno sistémico.

Surge de la interacción entre desigualdad económica, normas culturales, políticas públicas insuficientes y estructuras históricas de poder.

La investigación latinoamericana reciente considera la violencia de género como un problema complejo de salud pública y de derechos humanos, asociado con depresión, ideación suicida, dolor crónico y múltiples consecuencias para la salud mental (Pispira et al., 2022).


Cuerpo-territorio: cuando el cuerpo deja de ser objeto

Uno de los conceptos más potentes que emergen del pensamiento feminista latinoamericano es el de cuerpo-territorio.

Investigadoras indígenas, amazónicas y decoloniales sostienen que las mujeres no defienden solo derechos abstractos. Defienden sus cuerpos como territorios de vida, memoria, cuidado y resistencia política.

Investigaciones sobre mujeres de la Amazonía brasileña muestran cómo el concepto de cuerpo-territorio conecta justicia ambiental, violencia de género y luchas contra el despojo territorial (Miranda et al., 2023).

Esta perspectiva rompe con la separación colonial entre cuerpo, tierra y política.

El cuerpo femenino deja de ser objeto de control moral y pasa a ser entendido como centro vivo de conocimiento, reproducción de la vida y futuro colectivo.


Quién produce la ciencia también importa

La ciencia tampoco está libre de las desigualdades que estudia.

Un estudio sobre la comunidad latinoamericana de neurociencia identificó desigualdades persistentes de género dentro de la carrera científica, afectando el acceso a financiamiento, el progreso profesional y el reconocimiento académico de las investigadoras (Bouzat et al., 2021).

Este punto es fundamental.

No existe neurociencia verdaderamente decolonial sin preguntar:

¿Quién produce conocimiento?
¿Desde qué cuerpo?
¿Bajo qué condiciones sociales?

La ciencia no se produce en el vacío.

Se produce desde cuerpos situados en historias, territorios y relaciones de poder.


Una pregunta incómoda para el Día Internacional de la Mujer

Tal vez el Día Internacional de la Mujer necesita menos consignas y más preguntas difíciles.

No solo:

¿Cuál es el papel de la mujer?

Sino más bien:

¿Qué narrativas siguen capturando el cuerpo de las mujeres, restringiendo su movimiento, su autoridad y su presencia pública?

Y aún más profundamente:

¿Qué tipo de sociedad necesita disminuir a las mujeres para poder funcionar?

Una sociedad que depende de la contención o la humillación femenina para sostenerse no es una sociedad estable.

Es una sociedad en defensa crónica.

Una sociedad que cambia pertenencia por control,
cuerpos por normas,
vida por dominación.


Una conclusión simple y radical

La mujer no es una extensión del hombre.
La mujer no es una concesión del Estado.
La mujer no es silencio moral justificado por la religión.

La mujer es cuerpo.
La mujer es territorio.
La mujer es inteligencia.
La mujer es memoria.
La mujer es ciencia.
La mujer es futuro.

Y cualquier civilización que intente borrar esa realidad no está defendiendo a Dios, la familia o el orden.

Solo está refinando los mecanismos de la violencia.


Referencias

(investigadoras e investigadores latinoamericanos, posteriores a 2020)

Baez, S., Ibáñez, A., et al. (2024). Enhancing brain health in the Global South through a sex and gender lens. Nature Mental Health.

Bouzat, C., et al. (2021). Gender inequality in the Latin American neuroscience community. IBRO Neuroscience Reports.

Carranza, B., & Vital, C. (2024). Democracy and the Christian Right in Brazil: Family, sexualities and religious freedom. Religions.

Araújo, V. (2022). Can conservatism make women more vulnerable to violence? Comparative Political Studies.

Vasconcelos, N. M., et al. (2025). Who are the adult women exposed to violence in Brazil? Estudio epidemiológico nacional.

Campos, M. C. T., et al. (2025). Violence experienced by women and mental health in Brazilian favelas during COVID-19. Investigación en salud pública.

Pispira, J., et al. (2022). Gender-based violence in Latin America: current state and challenges. Investigación en salud pública.

Miranda, C. M., et al. (2023). Women in the Amazon: struggles in defense of their body-territories. Revista Estudos Feministas.


Si quieres, también puedo crear una versión aún más disruptiva (estilo manifiesto científico) conectando explícitamente el texto con APUS, TEKOHA, Quorum Sensing Humano y Zonas 1-2-3, lo que lo haría muy potente para publicación en BrainLatam o un blog de Neurociencia Decolonial.

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Jackson Cionek

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