Jackson Cionek
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¿Decidir no querer es lo mismo que dejar de querer?

¿Decidir no querer es lo mismo que dejar de querer?

Cuando una decisión cambia nuestro comportamiento, pero quizá no cambia de inmediato aquello que el cuerpo aprendió a valorar

“No voy a comer eso.”

La frase parece sencilla.

Tomamos decisiones así todos los días. Decidimos reducir el azúcar, abandonar un hábito, ahorrar dinero, hacer ejercicio, estudiar más, usar menos el teléfono o evitar algo que sabemos que no nos hace bien.

Existe una decisión.

Existe una intención.

Pero ¿decidir no querer algo significa que aquello dejó de tener valor para nosotros?

En 2026, Christina von der Assen y sus colegas publicaron en la revista Brain and Cognition una investigación que ofrece una oportunidad interesante para iniciar esta conversación.

El estudio no investigó la conciencia, el Cuerpo-Territorio ni la memoria corporal.

Investigó una pregunta mucho más específica —y precisamente por eso científicamente importante—:

¿una dieta temporal modifica la manera en que el cerebro codifica nuestras preferencias por recompensas alimentarias?

La respuesta encontrada por los investigadores nos permite formular una segunda pregunta.

Tal vez mucho más grande.


Primero, el experimento

Von der Assen y sus colegas estudiaron a 94 adultos sanos: 45 estaban haciendo dieta y 49 no.

Mientras se registraba su EEG, los participantes realizaban una tarea semejante a un juego, en la que abrían puertas virtuales y recibían diferentes recompensas.

Había recompensas comestibles y no comestibles.

Y esas recompensas no eran simplemente clasificadas por los investigadores como “buenas” o “malas”.

Antes de la tarea, cada participante las evaluaba individualmente, permitiendo organizarlas según su preferencia subjetiva: alta, media o baja.

De esta manera, el experimento buscaba observar no solamente la respuesta cerebral ante una recompensa, sino cómo el cerebro respondía a algo que esa persona específica valoraba más o menos.

Durante la tarea, los investigadores analizaron diferentes componentes de los potenciales relacionados con eventos —los ERP— producidos después de la presentación de las recompensas.

Entre ellos estaban P2, FRN y P3, componentes que permiten investigar diferentes momentos temporales del procesamiento de una recompensa.

Y aquí aparece el resultado que nos interesa.


La dieta no produjo el efecto esperado

Los investigadores esperaban encontrar diferencias entre las personas que estaban haciendo dieta y aquellas que no, especialmente frente a las recompensas alimentarias.

Pero eso no ocurrió.

La dieta temporal no produjo un efecto significativo en los ERP relacionados con la recepción de las recompensas.

Esto no significa que una dieta “no funcione”.

Tampoco significa que una persona sea biológicamente incapaz de modificar sus preferencias.

El estudio no demostró ninguna de esas cosas.

Lo que mostró fue algo mucho más específico:

en aquellas condiciones experimentales, restringir temporalmente ciertos alimentos no fue suficiente para producir la diferencia esperada en la codificación neural de las preferencias subjetivas.

Al mismo tiempo, las preferencias de los participantes sí aparecieron reflejadas en las señales neurales.

El FRN y el P3 mostraron una codificación relacionada con el grado de preferencia. En el P3 frontal, esta diferenciación fue especialmente evidente para las recompensas comestibles, y análisis adicionales indicaron que la codificación de la preferencia continuaba durante más tiempo en regiones centroparietales, particularmente para los alimentos.

Los autores plantean, por lo tanto, una posibilidad interesante: determinadas preferencias subjetivas pueden ser relativamente robustas y presentar características más parecidas a rasgos que a estados rápidamente modificables por una intervención de corta duración.

Y es exactamente aquí donde termina el experimento.

Y comienza nuestra pregunta.


¿Decidir no querer es lo mismo que dejar de querer?

Imaginemos a una persona frente a un alimento que le gusta mucho.

Ha decidido no comerlo.

Esa decisión es real.

Puede cambiar su comportamiento.

Puede hacer que pase frente a ese alimento y siga adelante.

Pero necesitamos distinguir al menos tres acontecimientos diferentes:

Me gusta esto.

Quiero esto ahora.

Decidí no hacer esto.

Estas frases parecen similares, pero quizá no representan exactamente el mismo proceso.

Es posible decidir en contra de una preferencia.

Es posible ejecutar una acción diferente de aquella sugerida por una preferencia.

Y quizá sea posible hacerlo antes de que la propia preferencia se haya transformado.

Esta distinción nos interesa profundamente.

Porque nuestra cultura suele imaginar el cambio como un proceso casi instantáneo:

“Ahora lo decidí.”

Y después:

“Por lo tanto, ahora soy diferente.”

Pero un organismo tiene historia.


El cuerpo tiene historia

No llegamos vacíos al presente.

Los alimentos tienen olores.

Texturas.

Temperaturas.

Memorias.

Contextos.

Pueden estar relacionados con la infancia, la familia, las celebraciones, la escasez, la abundancia, la recompensa, el consuelo, el encuentro o el sentido de pertenencia.

Y lo mismo ocurre con innumerables objetos y comportamientos.

Un teléfono no es simplemente un teléfono.

El dinero no es simplemente un número.

Una canción no es solamente una secuencia acústica.

Una determinada calle no es únicamente un espacio físico.

Un uniforme, una palabra, un rostro o un lugar pueden adquirir valor porque formaron parte de la historia de un organismo.

En BrainLatam llamamos la atención sobre una idea sencilla:

el cuerpo que llega a una decisión ya vivió antes de esa decisión.

Llamamos a este cuerpo que está sucediendo aquí y ahora el Cuerpo Vivido.

Posee un estado fisiológico, percepción, memoria, posibilidades de acción y una historia construida en sus relaciones con el territorio.

Esto no significa afirmar que el artículo de von der Assen y sus colegas “demostró la memoria corporal”.

No lo hizo.

El estudio investigó la codificación neural de las preferencias por recompensas durante una tarea experimental.

La memoria corporal es la pregunta que hacemos después.


Memoria para hacer, no necesariamente memoria para ser

Tal vez una de las consecuencias más interesantes de esta discusión esté en la forma en que pensamos la identidad.

Imaginemos a alguien diciendo:

“Soy una persona que no puede resistirse a los dulces.”

Quizá esa frase mezcle dos cosas diferentes.

Una es:

mi organismo tiene una historia en la que determinados alimentos adquirieron un valor muy fuerte.

Otra, muy distinta, es:

esto define quién soy.

BrainLatam propone pensar muchas memorias como memorias para hacer, y no necesariamente como memorias para ser.

El organismo aprende repertorios.

Aprende aproximaciones.

Aprende evitaciones.

Aprende expectativas.

Aprende movimientos.

Esto no significa que cualquiera de esos repertorios deba convertirse en una identidad permanente.

Tal vez podamos percibir una preferencia sin necesariamente obedecerla.

Y quizá podamos elegir un nuevo movimiento antes de que todo el sistema que sostiene esa preferencia se haya reorganizado.

En ese caso, la libertad no significaría necesariamente:

“Ya no siento esto.”

Podría significar:

“Puedo percibir lo que está sucediendo y, aun así, encontrar otro movimiento posible.”


Aquí surge una nueva pregunta experimental

Si queremos avanzar científicamente, no basta con transformar esta reflexión en filosofía.

Tenemos que volver al laboratorio.

Por ejemplo:

¿cuánto tiempo debe persistir un cambio de comportamiento antes de que encontremos cambios en la codificación neural de una preferencia?

¿Dos semanas?

¿Dos meses?

¿Dos años?

Otra pregunta:

¿cambiar el comportamiento y cambiar una preferencia son procesos neurales diferentes?

O incluso:

¿una persona puede aprender a elegir de manera consistente contra una preferencia sin que esa preferencia desaparezca?

También podemos añadir el cuerpo.

¿Qué ocurriría si registráramos simultáneamente EEG y señales fisiológicas periféricas?

Frecuencia cardíaca.

Variabilidad de la frecuencia cardíaca.

Conductancia de la piel.

Respiración.

Quizá dos personas puedan producir exactamente el mismo comportamiento —rechazar una recompensa— mientras sus organismos llegan a esa acción por caminos completamente diferentes.

Externamente:

el mismo comportamiento.

Internamente:

quizá dos movimientos completamente distintos.


¿Y si añadimos el territorio?

Ahora podemos ampliar nuevamente la pregunta.

¿Una preferencia alimentaria existe solamente dentro del cerebro?

¿O su estabilidad también depende del ambiente en el que vive esa persona?

¿Qué ocurre cuando ese alimento está disponible todos los días?

¿Cuando aparece continuamente en la publicidad?

¿Cuando está asociado a encuentros familiares?

¿Cuando los alimentos más saludables son más caros?

¿Cuando una persona vive bajo estrés?

¿Cuando duerme poco?

¿Cuando la alimentación es una de las pocas fuentes de placer accesibles en ese territorio?

Estas preguntas no fueron respondidas por el estudio de von der Assen y sus colegas.

Y no debemos fingir que lo fueron.

Pero los resultados presentados por ellos nos ayudan a formular algo importante:

cambiar una regla no necesariamente significa cambiar todo el sistema que hizo posible una preferencia.

Y ahora podemos comenzar a buscar ese sistema.


Donde termina el artículo y comienza BrainLatam

El estudio encontró evidencias de que las preferencias subjetivas estaban representadas de manera diferenciada en componentes de los ERP y que la dieta temporal estudiada no produjo la modulación esperada de esa codificación neural.

Los autores interpretan estos resultados como compatibles con la posibilidad de que determinadas preferencias sean relativamente robustas y puedan presentar características semejantes a rasgos.

Hasta aquí:

von der Assen y sus colegas.

A partir de aquí:

BrainLatam.

Nuestra pregunta es:

¿Qué tiene que cambiar en un Cuerpo-Territorio para que aquello que aprendió a valorar también cambie?

Tal vez una nueva decisión sea el comienzo.

Tal vez sea necesario un nuevo repertorio.

Después, una nueva experiencia.

Después, repetición.

Tal vez otro ambiente.

Otras relaciones.

Otras posibilidades.

Hasta que aquello que antes exigía esfuerzo para no hacerse deje de ser el movimiento más probable.

Todavía no lo sabemos.

Pero ahora tenemos una pregunta que puede ser puesta a prueba.

Y quizá este sea precisamente uno de los papeles más importantes de la neurociencia:

no decirles a las personas lo que son,

sino ayudarnos a descubrir cómo aquello que hoy parece inevitable puede —o no— convertirse simplemente en un movimiento entre muchos movimientos posibles.

Neuro Desafío Latam

Si pudieras acompañar a una persona durante un año entero mientras intenta cambiar un hábito, ¿qué medirías para descubrir el momento en que una decisión comienza realmente a transformar una preferencia?


Referencia científica

von der Assen, C., Weber, C., Vahedi, J., Mundorf, A., Bellebaum, C., & Peterburs, J. (2026). Effects of Dieting on Neural Encoding of Preferences for Edible and Non-Edible Rewards: An ERP Study. Brain and Cognition, 196, 106442. https://doi.org/10.1016/j.bandc.2026.106442







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Jackson Cionek

New perspectives in translational control: from neurodegenerative diseases to glioblastoma | Brain States