Jackson Cionek
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CONGRESOS BRILLANTES, DEMOCRACIAS EN PELIGRO

CONGRESOS BRILLANTES, DEMOCRACIAS EN PELIGRO

El Neuro Desafío Latam pregunta cuándo el conocimiento comienza a formar un mundo compartido

Las luces se atenúan. Una imagen del cerebro ocupa la pantalla. El auditorio guarda silencio.

Durante algunos minutos, seguimos circuitos, moléculas, ritmos, modelos y nuevas posibilidades terapéuticas. El trabajo tomó años. Hay precisión en las figuras, cuidado en los análisis y belleza en la manera en que una pregunta difícil fue transformada en evidencia.

Los aplausos son sinceros.

En el pasillo, otra sesión está comenzando. Después vendrán los pósteres, los encuentros breves y los proyectos que todavía no tienen nombre. Los congresos pueden ser lugares de asombro. En ellos descubrimos hasta dónde ha conseguido llegar una comunidad científica.

Pero, cuando salimos del auditorio, una pregunta puede continuar caminando a nuestro lado:

¿Qué sucede cuando sabemos cada vez más sobre partes separadas del mundo y encontramos cada vez menos espacios para reunirlas?

En 2026, el Congreso de la Federación de Sociedades Latinoamericanas y del Caribe de Neurociencias, FALAN, reunirá en Santiago a investigadores, estudiantes y profesionales durante cuatro días de intercambio científico. Su programa atraviesa el desarrollo cerebral, la memoria social, la conciencia, la inteligencia artificial, el comportamiento y la neurodegeneración. La Federación también impulsa programas de formación y cooperación regional. Ya existe, por lo tanto, una infraestructura real para que la neurociencia latinoamericana se reconozca como comunidad.

Tal vez el siguiente paso sea preguntar qué tipo de comunidad puede nacer de ese encuentro.

Porque un congreso puede reunir miles de cerebros sin llegar todavía a formar una inteligencia colectiva.

La excelencia que nos protege

Toda área científica necesita un lenguaje propio.

Sin conceptos precisos, sería difícil distinguir fenómenos, comparar resultados y acumular conocimiento. Dentro de un vocabulario compartido, los investigadores reconocen métodos, criterios y preguntas.

Así es como un campo se profundiza.

Cuanto más tiempo permanecemos junto a un problema, más detalles aprendemos a percibir. Identificamos diferencias que pueden permanecer invisibles para quienes observan desde afuera. Desarrollamos instrumentos, estadísticas y maneras cada vez más refinadas de conversar entre nosotros.

La especialización es una conquista.

Y precisamente porque funciona tan bien, puede transformarse en un óptimo local.

En la computación y en el estudio de los sistemas complejos, un óptimo local representa una solución muy eficiente dentro de una región limitada del espacio de posibilidades. Todo lo que está cerca parece confirmar que hemos alcanzado el punto más alto. Para encontrar otro camino, sería necesario atravesar una zona todavía desconocida.

BrainLatam utiliza esta imagen para pensar los repertorios científicos e institucionales. Un óptimo local puede ser sofisticado, productivo y coherente dentro de las preguntas que aprendió a formular. Nuevas posibilidades aparecen cuando entra en contacto con conocimientos que estaban fuera de su campo de visión.

Tal vez ya hayas sentido esto en algún congreso.

Una presentación sobre estrés termina poco antes de que otra sala comience a discutir inseguridad alimentaria.

Una mesa sobre atención nunca se encuentra con la mesa que debate plataformas digitales.

La investigación sobre envejecimiento permanece distante de quienes estudian transporte, renta y cuidado.

El trabajo sobre toma de decisiones no llega a encontrarse con el derecho, la economía o la comunicación.

Cada sala contiene conocimientos valiosos.

Y, poco a poco, sentimos que el problema mayor tal vez esté viviendo entre ellas.

¿Quién eligió la pregunta?

La ciencia no comienza únicamente cuando un investigador formula una hipótesis.

Antes de eso, alguien organizó una convocatoria, definió prioridades, distribuyó recursos, creó indicadores y decidió qué tipos de resultados recibirían mayor reconocimiento.

Estas estructuras no eliminan la libertad científica. Forman el relieve por el que esa libertad se desplaza.

Investigadores latinoamericanos han comenzado a hacer visible ese paisaje. Ana Silva, Elaine Del-Bel, Zulma Dueñas, Valeria Ramírez-Castañeda y sus colaboradores describieron una brecha regional de oportunidades marcada por desigualdades económicas, institucionales y operativas dentro de la propia comunidad neurocientífica.

Federico Vasen y Manuel Pintos analizaron sistemas de categorización de investigadores en países latinoamericanos. Su estudio mostró que mecanismos creados para estimular la producción científica también pueden reforzar un perfil académico tradicional, dejando menos espacio para trayectorias orientadas a necesidades sociales.

La pregunta comienza entonces a ampliarse:

¿Quién eligió los problemas que aprendimos a considerar importantes?

¿Quién consigue transformarlos en proyectos financiables?

¿Qué tipo de publicación permite que una carrera avance?

¿Quién recibe los beneficios cuando la investigación termina?

¿Qué lenguas, conocimientos y territorios quedaron fuera porque todavía no cabían en el formulario?

Tal vez un investigador no consiga responder solo.

Pero una sociedad científica puede comenzar.

Del escenario a la inteligencia colectiva

Una inteligencia colectiva no nace únicamente de la presencia de muchas personas inteligentes.

Comienza cuando el conocimiento de una persona modifica la pregunta de otra.

Cuando la neurociencia se encuentra con la ecología, algo cambia en la manera de pensar el desarrollo.

Cuando se encuentra con la economía, percibe que la fatiga, la atención y la toma de decisiones también poseen una distribución material.

Cuando se encuentra con las comunidades, descubre experiencias que todavía no fueron organizadas por los conceptos del laboratorio.

Cuando se encuentra con las artes, recupera movimiento, ambigüedad y experiencia en primera persona.

Cuando se encuentra con la democracia, comienza a preguntar no solamente qué puede medirse, sino quién participa en la elección de lo que merece ser medido.

América Latina ya posee experiencias que apuntan en esa dirección. Redes de coproducción de servicios climáticos reorganizaron prioridades científicas a partir de las necesidades de quienes utilizarían la información. La iniciativa GeoTraductores mostró cómo la traducción y la colaboración entre investigadores pueden ampliar el acceso al conocimiento científico en países de lengua española.

El Manifiesto de Bogotá propone una ciencia abierta, democrática y socialmente relevante, en la que las comunidades puedan participar en la producción del conocimiento y en la que la relevancia social, la diversidad epistémica y el trabajo colectivo también sean reconocidos por los sistemas de evaluación científica.

Estas experiencias invitan a la excelencia a crear pasajes.

Podemos imaginar una sesión en la que cada presentación termine con cuatro preguntas:

¿Quién eligió este problema?
¿Quién participó en su formulación?
¿Qué territorio podrá utilizar el resultado?
¿Qué nueva conexión necesita esta investigación para continuar?

El póster seguiría presentando métodos y resultados, ahora acompañado por el origen social y territorial de la pregunta.

La mesa continuaría reuniendo especialistas, ahora junto a personas capaces de revelar aquello que el campo todavía no aprendió a ver.

La comunidad dejaría de aparecer solamente durante el reclutamiento de participantes.

Comenzaría a compartir la agencia sobre el conocimiento.

¿Qué podrían revelar el EEG y la NIRS?

El propio congreso podría transformarse en un campo de investigación.

Imaginemos cuatro maneras de presentar un mismo contenido:

una exposición altamente técnica;

una presentación interdisciplinaria;

una narrativa conectada con un problema territorial;

y una presentación construida con participación comunitaria.

El EEG y la NIRS podrían acompañar aspectos específicos de estas experiencias.

El EEG permitiría observar cambios temporales relacionados con la atención y el esfuerzo cognitivo. La NIRS podría acompañar alteraciones de oxigenación en regiones corticales superficiales durante la integración de información y la resolución de problemas.

Estos registros podrían combinarse con:

  • comprensión posterior;

  • retención del contenido;

  • preguntas formuladas por el público;

  • conexiones percibidas;

  • capacidad de aplicar el conocimiento a una situación diferente;

  • relatos en primera persona.

La pregunta central no sería qué conferencia “activó más el cerebro”.

Sería:

¿Qué formato permitió que diferentes formas de conocimiento se encontraran sin perder precisión?

Tal vez la exposición técnica funcione mejor para los especialistas.

Tal vez la versión territorial amplíe la capacidad de transferir el conocimiento.

Tal vez la participación comunitaria haga surgir preguntas que ninguna medición había previsto.

Tal vez distintos formatos sean necesarios en diferentes momentos.

El estudio ganaría profundidad cuando los participantes pudieran describir el momento en que se sintieron incluidos, desafiados o capaces de relacionar el contenido con su propia experiencia.

La señal se encontraría con el relato.

La comprensión se encontraría con la curiosidad.

Y la curiosidad encontraría la posibilidad de una nueva pregunta.

El próximo congreso

Podemos mirar nuevamente hacia el auditorio.

Las luces se atenúan. El cerebro regresa a la pantalla. Esta vez, sin embargo, percibimos otras presencias alrededor de la imagen.

Está allí el laboratorio que produjo los datos, la institución que financió el trabajo, la lengua elegida para presentarlo y el territorio que podrá recibir sus beneficios.

También estamos nosotros, intentando conectar aquello que antes parecía separado.

FALAN, las sociedades nacionales de neurociencia, FESBE, las universidades, las redes de ciencia abierta y los consejos de investigación podrían crear espacios permanentes para estas conexiones.

No como una mesa periférica sobre impacto social.

Como parte del centro científico del encuentro.

Cada sociedad podría elegir un problema territorial compartido, aproximar diferentes áreas y acompañar durante varios años aquello que emerge de esa colaboración.

El Neuro Desafío Latam comienza con cuatro preguntas:

¿Quién eligió los problemas que investigamos?
¿Quién financia las preguntas?
¿Quién recibe los beneficios?
¿Qué conocimientos y territorios quedaron fuera?

Tal vez, al responderlas juntos, el congreso deje de ser solamente el lugar donde mostramos lo que sabemos.

Puede transformarse en el lugar donde descubrimos aquello que nunca habríamos conseguido preguntar solos.

La excelencia permanece.

Ahora atraviesa el pasillo, entra en otras salas y se encuentra con el mundo que esperaba afuera.

Y tal vez sea en ese movimiento donde miles de cerebros comiencen, finalmente, a formar una inteligencia colectiva.

Referencias esenciales

Silva, A. et al. Addressing the opportunity gap in the Latin American neuroscience community. Nature Neuroscience, 2022.

Vasen, F.; Pintos, M. Turning academics into researchers: The development of National Researcher Categorization Systems in Latin America. Research Evaluation, 2023.

Carabajal, M. I. Coproducción de conocimiento y redes de colaboración en el Sur de América del Sur. Redes, 2022.

Navarro-Pérez, D. J. et al. GeoTraductores: A Collaborative Initiative Democratizing Science Communication in Latin America. Community Science, 2024.

CLACSO–FOLEC. Manifiesto de Bogotá: hacia una ciencia abierta, democrática y socialmente relevante en América Latina y el Caribe, 2025.

FALAN. IV Congress of the Federation of Latin American and Caribbean Neuroscience Societies. Santiago, 2026.




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Jackson Cionek

New perspectives in translational control: from neurodegenerative diseases to glioblastoma | Brain States