Jackson Cionek
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Arequipa como Termómetro Prelingüístico del Colapso Social

Arequipa como Termómetro Prelingüístico del Colapso Social - Cuando la violencia aparece antes de las palabras

Arequipa no debe leerse como un caso aislado. Puede entenderse como un termómetro vivo de algo más profundo: cuando aumentan el suicidio y el feminicidio, sugiere que el territorio social ha perdido la capacidad de regular el sentido de pertenencia en niveles que preceden al discurso. Antes de ideologías, leyes o narrativas, hay un cuerpo intentando mantenerse coherente. Cuando no lo logra, emergen formas de anergia represada — energía que no encuentra salida y comienza a acumularse en silencio.

El punto de partida aquí no es la opinión, sino el cuerpo. Desde una perspectiva damasiana, la conciencia no nace de las ideas, sino del posicionamiento corporal frente a lo percibido. El organismo siempre está preactivado. Cuando vive demasiado tiempo bajo amenaza o vigilancia, pierde el camino espontáneo de retorno a la fruición y a la metacognición (Zona 2). La funcionalidad puede mantenerse, pero a un costo interno creciente. En entornos hostiles y repetitivos, ese costo puede cristalizar en estados rígidos y captura narrativa (Zona 3), donde la interocepción y la propiocepción dejan de orientar la vida.

En este punto, una dimensión cultural frecuentemente invisibilizada debe colocarse en el centro: el quechua aún se habla en el departamento de Arequipa. Y esto no es un detalle etnográfico — es un factor neurocultural activo. El lenguaje no es solo comunicación simbólica; es una arquitectura corporal. Cada lengua reorganiza la respiración, el ritmo, las imágenes internas y las formas de pertenecer.

El quechua puede funcionar como un verdadero regulador interoceptivo cultural. A diferencia de lenguas históricamente moldeadas por matrices coloniales más abstractas, el quechua emerge de cosmologías donde cuerpo, territorio y comunidad son continuos. No solo describe el mundo: vuelve a insertar al hablante dentro de él. Hablar quechua moviliza gestos, pausas, entonaciones e imágenes que muchas veces reducen la disociación entre experiencia y expresión.

Esto tiene implicaciones profundas. Cuando experiencias intensas no encuentran un lenguaje compatible con el cuerpo, no desaparecen: permanecen como carga implícita. En términos damasianos, persisten como estados corporales no simbolizados. Lo que proponemos aquí es que ciertas anergias sociales persisten no por falta de discurso, sino por falta de lenguajes que toquen el cuerpo desde dentro.

En este sentido, el quechua puede funcionar como una válvula cultural de liberación interoceptiva. Permite que experiencias que quedarían encapsuladas en marcos lingüísticos más normativos encuentren expresión simbólica encarnada. Cuando la expresión se limita a lenguas heredadas de estructuras coloniales administrativas — como el español formal — la experiencia puede traducirse cognitivamente, pero no metabolizarse corporalmente.

Esto se vuelve especialmente relevante al pensar en anergias femeninas represadas. No se trata de psicologizar la violencia ni de trasladar responsabilidades al individuo. Se trata de reconocer un mecanismo: cuerpos que aprendieron a inhibir la respuesta, territorios que reducen salidas seguras y culturas que refuerzan la vigilancia y la comparación. Cuando la expresión cultural se estrecha, la energía no desaparece: se transforma.

La alternancia entre quechua y español, por lo tanto, no es solo bilingüismo. Es bi-estado corporal. Cada lengua puede activar configuraciones distintas de interocepción y pertenencia. En contextos donde el quechua es silenciado o desvalorizado, puede perderse una capa reguladora profunda — algo que raramente aparece en estadísticas lingüísticas, pero que puede emerger en indicadores de sufrimiento social.

Aquí, el concepto de Yãy hã mĩy (de origen Maxakali) ayuda a iluminar una desviación contemporánea. La imitación siempre fue un camino hacia la trascendencia: aprender movimientos que expanden el ser. Pero en entornos altamente normativos, la imitación se desplaza de la expansión a la adaptación. En lugar de liberar vitalidad, se convierte en herramienta para encajar socialmente. El movimiento deja de completarse. Y cuando el movimiento no se completa, la conciencia se acorta.

Es en este punto donde APUS y TEKOHA adquieren un sentido ampliado. APUS extendido refiere al suelo corporal del sentido de pertenencia — no solo geográfico, sino existencial. TEKOHA extendido refiere al territorio social que sostiene la vida sin humillación simbólica. Cuando ambos se debilitan — y cuando retroceden las lenguas que sostienen pertenencias profundas — el cuerpo colectivo entra en modo de supervivencia.

Lo que comienza a emerger en lugares como Arequipa es una invitación a replantear cómo leemos las crisis sociales. Tal vez no estemos solo ante crisis económicas, morales o políticas, sino ante desregulaciones interoceptivas colectivas. En este nivel, la cultura viva no es ornamento: es infraestructura invisible de salud social.

Esto abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos intentando resolver sufrimientos corporales con herramientas puramente discursivas? Parte de la respuesta puede estar en reconocer que la pertenencia no se decreta: se regula. Y esa regulación pasa por territorio, cultura encarnada y lenguajes que aún tienen la capacidad de tocar el cuerpo desde dentro.

En los próximos textos, este camino se profundiza: primero, acercando espiritualidad y neurociencia mediante un lenguaje común (Utupe y Pei Utupe); luego, explorando cómo la política y la tecnología disputan algo más fundamental que las ideas: la regulación del sentido de pertenencia humano.


Referencias (posteriores a 2021)

Interocepción y neurociencia

  1. Khalsa, S. S., et al. (2022). Interoception and mental health: a roadmap. Biological Psychiatry: Cognitive Neuroscience and Neuroimaging.

  2. Chen, W. G., et al. (2021). The emerging science of interoception. Trends in Neurosciences.

  3. Berntson, G. G., & Khalsa, S. S. (2021). Neural circuits of interoception. Trends in Neurosciences.

Neurociencia cultural y regulación emocional

  1. Kirmayer, L. J., et al. (2022). Cultural neuroscience and global mental health. Nature Human Behaviour.

  2. De Leersnyder, J., & Mesquita, B. (2023). Cultural regulation of emotion. Annual Review of Psychology.

Lengua indígena y corporeidad (investigadores latinoamericanos)

  1. Hornberger, N. H., & Coronel-Molina, S. (2023). Quechua language vitality and embodied identity. International Journal of the Sociology of Language. 

  2. García, M. E., & Chávez, L. (2022). Indigenous language use and emotional well-being in the Andes. Latin American Research Review. 





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Jackson Cionek

New perspectives in translational control: from neurodegenerative diseases to glioblastoma | Brain States